Editorial del Semanario El Popular N° 409: “Construyendo la esperanza”

Montevideo es sede, durante tres días, de la II Jornada Continental por la Democracia y contra el Neoliberalismo.

El presidente del CUT de Brasil, Vagner Ferreira, dijo ayer en el acto multitudinario que abrió la Jornada, que “Montevideo es “la capital de la esperanza”.

Y es efectivamente así, pero: ¿la esperanza de quiénes y para qué?

La esperanza de la América Latina popular, la mestiza, la indígena, la obrera, la campesina, la de las mujeres y los jóvenes, la de los postergados durante siglos. La esperanza para construir una sociedad diferente, de libertad e igualdad, donde la explotación no tenga lugar y los inmensos recursos naturales y humanos de nuestro continente estén al servicio de sus pueblos y no de la voracidad acaparadora y rapaz del imperio de turno y las elites criollas.

Es de ese calado la importancia de esta Jornada Continental, por eso despierta el entusiasmo y la adhesión del movimiento popular, y la furia de las clases dominantes y sus expresiones sociales, políticas y mediáticas.

Ellos consideran absolutamente legítimo realizar sus Congresos en lujosos hoteles, preferentemente en balnearios high, donde empresarios y distinguidos manager planifican sus negocios, pero los saca de quicio que el movimiento popular se junte para organizar la lucha, ponerles freno a sus privilegios y conquistar avances para las mayorías.

Por eso no vale la pena gastar más de una frase en fundamentar la justeza del paro parcial y de la marcha, que fue enorme, organizada por el PIT-CNT. Los medios de derecha, el empresariado y los partidos del status quo, critican al PIT-CNT cuando para por salario por corporativista, cuando lo hace por la democracia por hacer política, cuando se centra en el Uruguay por no entender la globalización y cuando lo hace por solidaridad internacional por ideologizado y anacrónico. Lo que en realidad les molesta es la fuerza, el peso y el protagonismo del movimiento sindical uruguayo como actor de primera línea, insoslayable, de la realidad nacional.

Concentrémonos entonces en la Jornada y en su importancia.

La II Jornada Continental que se desarrolla en nuestro país es un acontecimiento trascendente. Lo es por la convocatoria lograda, en un doble sentido. Se han dado cita en Montevideo casi 3 mil representantes de organizaciones populares de 23 países. Eso habla por sí solo de la importancia de la Jornada.

Pero, además, está expresada una enorme pluralidad de organizaciones sociales. Están presentes los trabajadores organizados, los campesinos, los estudiantes, los movimientos de mujeres, las organizaciones que luchan por la defensa de la diversidad sexual, los movimientos ambientalistas, las organizaciones de los desplazados del campo y la ciudad, los pueblos originarios de nuestro continente, el poderoso movimiento indígena.

Por lo tanto, es una gran Jornada por la cantidad y por la calidad de lo que se expresa en ella.

Esta Jornada, y las organizaciones populares que en ella participan, tienen un enorme desafío para construir esa esperanza a la que nos referíamos.

Se trata, nada menos, de esbozar los trazos gruesos del camino de la respuesta popular a la crisis orgánica del capitalismo, el ajuste global en marcha para poner al servicio del capital y la recomposición de sus tasas de ganancia de todos los recursos de la humanidad y del planeta y la contraofensiva del imperialismo y las clases dominantes de nuestros países.

El cómo, el cuándo, el para qué, es decir, el conjunto de reivindicaciones programáticas, la ruta estratégica para conquistarlas y las iniciativas organizativas y de movilización necesarias, es tarea de las organizaciones populares reunidas definirlas. No necesitan que nadie se los señale.

Pero hay tres cosas, básicas, que integran el patrimonio de lucha de nuestros pueblos que si se pueden y se deben señalar.

En primer lugar, la necesidad de asumir al enemigo. No es casualidad que la Jornada sea “por la Democracia y contra el Neoliberalismo”. La democracia no es solamente la realización de elecciones, la vigencia de normas jurídicas o la separación de poderes. La democracia no es solamente la visión liberal hegemónica que intenta presentarse como única. La democracia es una construcción permanente de libertad e igualdad y un espacio para la transformación social.

El neoliberalismo, expresión concreta de existencia real del capitalismo en su etapa actual de desarrollo, el imperialismo, multiplica la desigualdad y recorta las libertades, por lo tanto, es, en su esencia, antidemocrático. Para más datos véase las medidas del gobierno neoliberal de Temer, el usurpador, en Brasil.

El enemigo de la democracia, de la igualdad y la libertad, es el imperialismo. En el mundo entero, pero en América Latina en particular, la lucha por la democracia, y más aún, la perspectiva emancipatoria, es antimperialista y, por lo tanto, debe plantearse una crítica al capitalismo y una construcción superadora.

En segundo lugar, la esperanza popular se construye, se milita. No es un concurso declamatorio ni de declaraciones o diagnósticos más o menos certeros. Se necesita organización, protagonismo popular y lucha para concretarla.

Cualquier perspectiva de cambios necesita del protagonismo popular organizado. La disputa por la hegemonía, es decir por el poder, se libra en toda la sociedad, no es solo el control del Estado, es una lucha social, política, ideológica, que incluye al Gobierno, pero no se reduce a él. Es la lucha de clases, con perspectiva de clase, desplegada en toda la sociedad.

Lo digo bien Marcelo Abdala, secretario general del PIT-CNT, en el acto que abrió la Jornada, cuando analizó la contraofensiva del imperialismo y sus efectos en el continente: “Esto expresa la dialéctica de la historia; que los tiempos económicos, políticos e ideológicos son continentales; y que no hay revolución sin contra revolución, no hay avance sin intento de restauración neoliberal. Ante esta contraofensiva del imperialismo, las clases dominantes y las oligarquías de nuestros países, las patronales, asumimos el compromiso de honor, de clase, de pueblos, que la habremos de derrotar a partir de aquí, de esta Jornada Continental”.

En tercer y último lugar, se debe incorporar como una necesidad estratégica la unidad. Unidad social y política del pueblo.

La unidad es requisito para luchar y avanzar. Con la unidad puede no alcanzar, sin la unidad seguro no alcanza.

Unidad para construir programa común, para pensar juntos, pero también unidad organizativa para luchar juntos, porque no es solo debatiendo que se transforma la realidad, se la transforma luchando.

Es cierto que la contraofensiva del imperialismo, material, política, ideológica, mediática y represiva es enorme. Pero también es cierto que uno de los problemas principales del campo popular es la enorme fragmentación y división que tenemos y eso impide construir una respuesta a la altura de lo que la hora reclama.

José Martí, héroe de la independencia de Cuba y de América Latina toda, escribió con su prosa encendida y clara, a fines del Siglo XIX: “¿Qué haremos, indiferentes, hostiles, desunidos? (…) Pizarro conquistó al Perú cuando Atahualpa guerreaba a Huáscar; Cortés venció a Cuauhtémoc porque Xicoténcatl lo ayudó en la empresa; entró Alvarado en Guatemala porque los quichés rodeaban a los zutujiles. Puesto que la desunión fue nuestra muerte ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida? Idea que todos repiten, para la que no se buscan soluciones prácticas”.

Responder a esa pregunta de Martí sigue siendo el desafío principal. Es imprescindible para estar a la altura de lo que necesitan y reclaman nuestros pueblos.

Están reunidos en Montevideo las y los representantes de movimientos populares que tienen una enorme historia de lucha y dignidad, que enfrentan la persecución y la represión en la mayoría de los países, donde los militantes populares son despedidos, apaleados, amenazados, asesinados y desaparecidos, hoy, en este Siglo XXI.

Pudimos encontrar los caminos para derrotar las dictaduras fascistas que asolaron nuestro continente. Luego para resistir y derrotar también a los gobiernos neoliberales que entregaron nuestro continente a las trasnacionales y lo enlodaron en una orgía de corrupción, robo y desfalco. Encontramos la ruta para, en buena parte de nuestros países, construir una década de democratización inédita y de avances populares.

Toca hoy encontrar los caminos para responder a este nuevo embate del imperialismo y las oligarquías criollas.

Esta II Jornada Continental es parte de esa respuesta.

Aquí estamos, porque para construir la esperanza, hay que militarla.